sábado, 18 de junio de 2011

1.001 películas que hay que ver después de morir (XXV): Sangraal, la espada di fuoco (La espada salvaje de Krotar)

Título: Sangraal, la spada di fuoco (La espada salvaje de Krotar)
Director: Michele Massimo Tarantini
Año: 1982
País: Italia
Actores: Pietro Torrisi, Yvonne Fraschetti, Hal Yamanouchi, Mario Novelli, Sabrian Siani

Argumento: Una maciza de pechos generosos, un chino perdido y un maromo que no se llama Krotar sino Sangraal, recorren la misma campiña una y otra vez durante más de una hora despachando a golpe de cartón a todos los enemigos que se les cruzan, en lo que parece una partida de rol en vivo organizada un domingo en el campo.




Por qué hay que verla después de morir: Recononozcámoslo, esta infame exploitation de Conan rodada con billetes del Monopoly se hace pesada y repetitiva debido a  sus interminables paseos por la campiña, sus peleas rutinarias y sus personajes más huecos que el coño de la Bernarda, pero determinados momentos extremadamente ridículos, que se concentran sobre todo en el tramo final, la salvan de la quema y la convierten en una digna experiencia para sufrir con los colegas.

Alicientes: 
-Un título en castellano que nos retrotrae a una de las cumbres hispanas del comic: Tronak el Kárbaro de Superlópez
-Un narrador (el de David el Gnomo) que habla más que un anuncio de Spotify y que sólo suelta obviedades dignas de Perogrullo revestidas de trascendencia
-Un prólogo plagado de nombres absurdos y miles de referencias, que es tan comprensible como ver el inicio de El Señor de los Anillos en chino mandarín
-Macizorras italianas y maromos sin camiseta
-Un chino que es como Bruce Lee pero desnutrido
-El padre del protagonista se llama Ator
-3/4 partes del rodaje acontecen en la misma y desolada campiña, hasta tal punto que, aunque los personajes recorren cientos de kilómetros, parece que estén dando vueltas en círculo
-Descojonantes referencias a los caballeros templarios en una película que supuestamente ocurre en una época olvidada o desconocida
-Planos gratuitos de culos
-El arma definitiva diseñada por los dioses es una impracticable ballesta gigante bastante chunga que parece un tirachinas. Cuando el protagonista la coge, parece poner cara de "¿y qué cojones hago yo con esta cosa?". Casi tan ridícula como la espada que sostenía Cuneyt Arkin en la versión turca de Starwars.
-No se ve a Krotar por ningún lado y tampoco a su espada "salvaje". Se ven varias espadas, pero todas de lata.
-Algunos malos van equipados con rastrillos tuneados y mueren cuando les rozan el costado con el arma.
-Hechiceras de verdad, de las que enseñan las tetas. Y es que, como bien nos ha enseñado el género de espada y brujería, no se es una auténtica bruja si no se muestran las domingas.
-Un protagonista que da lo da todo por su pueblo y les convence con sus soflamas comunistas. Si hasta lleva una trenza como buen perroflauta.
-Una imitación de los morlocks con trapos en la cara
-Obsesión por los planos contrapicados
-Caníbales que hablan al revés, como la niña de El Exorcista
-El malo lleva un casco que parece un pavo real
-¿Pero ese poster de mierda es auténtico?

Algunos momentos para el recuerdo: 
-Cuando los protagonistas se protegen de una tormenta de arena con un mantel que apenas les cubre. La verdad es que tiene sentido, porque la tormenta sólo arrastra cuatro guijarros mal contados y no deja restos de arena en los personajes.
-El trío protagonista cae a un río y se ponen a revolverse gratuitamente por el agua como si estuvieran siendo arrastrados salvajemente por una atracción del Aquopolis. Le echan tanto cuento que, como antes se señaló, parece rol en vivo.

Algunas frases para el recuerdo: 


-"Las fuerzas del mal solo engendran maldad, más el bien, antepone la bondad" (el narrador del filme, revelando la verdad definitiva)

Nivel de descojonación (de 1 a 5): * *


sábado, 4 de junio de 2011

El honor perdido de Harrison Ford

Revisando Único testigo y Frenético, dos filmes de los 80, su época dorada, que hasta ahora sólo había visto a medias, la incógnita sobre por qué motivos se truncó tan prematuramente la carrera de Harrison Ford regresó a mi cabeza.

Para Carlos Boyero, los grandes actores, al menos sus preferidos, son los que logran expresar mucho con poco. Con esa afirmación estaba aludiendo a los de siempre: Bogart, Mitchum, Gary Cooper... Aquellos despojados de Stanislavski. Los que, por dones innatos, eran capaces de llenar la pantalla con su sola presencia.

Creo firmemente que Ford pertenecía a aquella categoría. Y sólo necesito recurrir a los dos filmes en cuestión para probarlo. Se puede apreciar en momentos como cuando sale en defensa de los Amish, su familia adoptiva, para ajustar cuentas con un grupo de alborotadores pese a que supone romper con las estrictas costumbres de la comunidad en la película de Peter Weir; o el encanto que despliega en su baile con Kelly McGillis; o su facilidad para empatizar con el personaje de Lukas Hass, el niño testigo del crimen.

Tres años después en Frenético, pasa del policía duro a interpretar a un ciudadano de a pie angustiado por la misteriosa desaparación de su esposa en una ciudad y un país que le son ajenos. Su inseguridad, su miedo y su ira interna están tan magistralmente esbozados que nos hace completamente creíble la construcción del personaje y su evolución, y nos regala momentos de gran emoción contenida, como la llamada desde el hotel a sus hijos en la que les oculta la verdad.


La economía de gestos, esa sobriedad y eficacia que Ford desplegaba ante la cámara están al alcance de muy pocos, así como sus dotes para conectar con el gran público y su carisma para cargar con el peso de toda una película sobre sus hombros.

Decía Jack Nicholson, refiriéndose a Harrison Ford, que un actor capaz de lograr esa conexión con la audiencia tiene que ser bueno de verdad, que en eso no hay vuelta de hoja. Y es cierto. Un cualquiera no sería elegido para encarnar a Han Solo, Rick Deckard, Henry Jones Jr., John Book, Richard Kimble o tantos otros sin ser un intérprete solvente, más allá de un reclamo para la taquilla.

El hecho de pertenecer al grupo de los elegidos, el modelo de tantos valores, hacía pues muy difícil imaginarle como el villano de la función. Y de hecho nunca lo fue (salvo aquellos escasos minutos de conjuro en Indiana Jones y el templo maldito). Luego lo sería con más peso en la inane Lo que la verdad esconde, un ejemplo constatable de su otoño actoral.

¿A cuento de qué comenzó la cuesta abajo? Sencillamente, hubo un momento en que Ford perdió el criterio. Se acomodó. El cine dejó de ser para él un arte al que honrar y contribuir y pasó a ser un medio para vivir bien. No quiso volver a asumir ningún personaje que entreñara riesgos, que le alejara de los terrenos cómodos y ya conocidos para él. Entre otros, se negó a interpretar el papel que luego encarnó Michael Douglas en Traffic, por poner un ejemplo.

La crisis creativa global del séptimo arte afecta a todos, pero en verdad entristece ver a figuras de gran calibre arrastróndose por la pantalla. Algunos actores han sabido reducir sus proyectos y apostar por trabajos más espaciados, pero elegidos con mayor discernimiento. No es el caso de Ford.

Por otro lado, y a nivel personal, el héroe íntegro dejó a su mujer, la guionista de E.T. Melissa Mathison, y a sus tres hijos para liarse con la también actriz Calista Flockhart. Sus percepciones, definitivamente, estaban cambiando.

Sé que sigue haciendo de películas de mayor o menor aceptación entre el público, pero su último gran trabajo para un gran título fue en El fugitivo. Hablamos del año 1993.

Después de aquello, regresó al papel de Jack Ryan en la segunda parte de Juego de patriotas, una decisión más o menos entendible, pero carente de cualquier riesgo; y siguió años posteriores con filmes insustanciales como el fallido remake de Sabrina a las órdenes de Sydney Pollack (donde no hizo olvidar a Bogart); thrillers muy irregulares como La sombra del diablo (de Alan J. Pakula, que le había dirigido en Presunto inocente), la patriotera Air Force One o Firewall; la ligera Seis días y siete noches; la melodramática Caprichos del destino; el refrito de terror ya aludido de Lo que la verdad esconde, o comedias complacientes como Hollywood: departamento de homicidios y Morning glory.


Pero es Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal el filme que mejor ejemplifica lo que estamos hablando. La resurrección del querido personaje vino a ser una maniobra vacía de fondo con una historia que repetía esquemas hasta llegar a rozar la parodia. Un Harrison envejecido y entrado en carnes no supo retomar el dinamismo y la vis cómica de antaño, dando como resultado un relato sin capacidad de enganche, infantilizado y fantasioso en las fronteras del ridículo.

Las frustraciones añorantes del pasado comunes a Ford, Spielberg y Lucas, quienes no pasaban por su mejor momento, se juntaron de nuevo para llevarse dinero fácil al bolsillo entregando muy poco a cambio. A ninguno pareció importarles traicionar el recuerdo de una trilogía ejemplar.

Para volver a disfrutar del saber hacer del viejo Harrison Ford (en este caso, el joven), habrá que acudir a sus trabajos antiguos. Personalmente, no espero el resurgimiento de la estrella después de que hayan pasado casi 20 años de devaneos y trabajos meramente alimenticios.

Aun así, su influencia en el cine contemporánea es grande, y goza de muchos pupilos. Si hay alguien que me recuerda a él en el panorama cinematográfico actual ese es Matt Damon, un actor al que no se le adivinan demasiados recursos dramáticos, pero que se beneficia de su imagen y sabe hacer de la eficacia su bandera.

Y no sólo eso: al igual que el Harrison joven, Matt tiene visión para los grandes proyectos, historias con posibilidades más allá de la pura comercialidad, y con nombres importantes detrás de la cámara. Ford estuvo a las órdenes de Coppola, Aldrich, Spielberg, Scott, Weir, Polanski o Nichols. Damon, hasta ahora, de Coppola, Spielberg, Soderbergh, Scorsese, Eastwood o los Coen.

El que empezó siendo carpintero de rodajes hasta que fue catapultado al éxito por George Lucas tiene pendiente el estreno de Cowboys & Aliens, título que no augura grandes cosas y cuyo argumento se inspira en un famoso cómic, y se especula que volverá a agarrar el látigo para la quinta parte de la saga del arqueólogo venido a menos.

Resulta difícil decirle esto al icono de tu infancia. Pero, señor Ford, ¿para cuándo una tardía retirada a tiempo?

viernes, 27 de mayo de 2011

1.001 películas que hay que ver después de morir (XXIV): El gato con botas

Título: El gato con botas
Director: Roberto Rodríguez y Manuel San Fernando
Año: 1961
País: México
Actores: Santanón, Antonio Raxel and Humberto Dupeyrón

Argumento: Un niño pastor fetichista de los guantes, se queda prendado de la princesita de turno, quien pasa por serios problemas, ya que un ogro malvado y "transformista" está extorsionando a la Corte. Para ligarse a la chavala, el pastorcillo recurrirá a la ayuda de una vieja harapienta que vive rodeada de bolsas de plástico, quien transformará a su mascota en el deforme y audaz Gato con botas.





Por qué hay que verla después de morir: Una revisión psicotrónica del famoso cuento, con una serie de añadidos bastante perturbadores, muy típicos de la filmografía del mexicano Roberto Rodríguez, como son ciertas referencias sexuales y crueldades de todo tipo, de las que convierten a tiernos infantes en potenciales asesinos en serie. Se trata de uno de los filmes más complicados de ver de esta colección ya que, además de ser extremadamente bizarro, está dirigido a niños muy pequeños, y pocos adultos están dispuesto a enfrentarse a algo así. Pero con cierto aperturismo mental y la predisposición adecuada, se puede pasar un rato muy divertido ante tanta insensatez. Se me olvidó mencionar que mientras redactaba esto, escribí sin querer "El gato con bostas", así, con la letra ese. Quizá ese sí que sería un nombre muy aproiado.

Alicientes:
-Disfraces y atrezzo descaradamente reutilizado de otras películas de la misma productora.
-El típico bosque que por la noche se llena de criaturas y peligros, sólo que en esta ocasión esos peligros son: ¿aborígenes con caretas? ¿payasos que salen de dentro de los árboles? ¿¿pero esto qué coño es??
-Un gato con botas que no tiene reparos en entregar a su amigo el Gallo Parlante para que la Corte se lo coma, si con eso logra cumplir los objetivos de su amo el pastorcillo.
-Fetichismo de los guantes.
-Un gallo gigante y parlante con botas de lluvia por pezuñas.
-Disfraces de Sexto de primaria.
-Ciertas referencias sexuales (tanto sutiles como descaradas) que muchos considerarían inapropiadas en un filme de este tipo.
-Crueldades varias bastanta pasadas de rosca.
-Una cueva mágica con bolsas de basura de distintos colores colgadas del techo y estalactitas de cartón recubiertas de papel film.
-Un gato con botas de cabeza deforne hecha con trozos de algodón mal pegados.
-Un rey que desconoce hasta dónde alcanza su reino y así le pueden engañar sobre la propiedad de unas u otras tierras.
-Cables que no se han molestado en esconder lo más mínimo para permitir a los personajes saltar o volar.
-Secuencias a cámara rápida al estilo Benny Hill. Si una secuencia no hace ni puta gracia, lo hará pasándola a cámara rápida. Es una de las máximas de todo buena cineasta.
-Canciones horripilantes y compuestas en una noche de borrachera.
-Una Corte que se muere de hambre sin necesidad, ya que tanto el niño como el Gato no tienen problemas en cazar todo tipo de animales en el bosque.

Algunos momentos para el recuerdo:
-Cuando el bondadoso rey, en toda su magnificencia, manda ejecutar al bufón real porque el Gallo parlante le hace más gracia. Esto sí que es un rey justo y bueno.
-Cuando el gato, antes de convertirse en el engendro gigante con botas, le habla a su amo. Se ve perfectamente a un gato a su puta bola mirando en cualquier dirección mientras una voz en off intenta hacernos creer que se está dirigiendo al pastorcillo.
-El final, cuando el hada madrina adelanta el tiempo para que el pastorcillo y la princesa crezcan y puedan casarse. Seguro que en el prceso se murió media corte, porque casi todos eran ancianos.

Nivel de descojonación (de 1 a 5): * * * *


miércoles, 25 de mayo de 2011

1.001 Películas que hay que ver después de morir (XXIII): Treasure of the four crowns

Título: Treasure of the four crowns (El tesoro de las cuatro coronas)
Director: Ferdinando Baldi
Año: 1983
País: Italia/España/Estados Unidos
Actores: Tony Anthony, Ana Obregón, Paco Rabal, Gene Quintano, Jerry Lazarus

Argumento: Un ¿arqueólogo? ¿antrópologo? ¿gitano greñudo buscando chatarra para revenderla? vestido con la chupa de Michael Jackson en Thriller deberá infiltrarse en un inexpugnable castillo de Cuenca para conseguir el tesoro de las Cuatro Coronas, que luego en realidad son tres, porque la cuarta no aparece en ningún momento de la película. Contará con la imprescindible ayuda de un payaso gordo con problemas de corazón, Ana Obregón en sus años mozos, un borracho y un bigotudo bastante inútil.


Por qué hay que verla después de morir: Esta exploitation a la española de Indiana Jones rodada en 3D, se hace interminable por la extrema duración de unas escenas en las que no ocurre absolutamente nada durante minutos y minutos, Pero todo queda compensado por lo ingenuo y ridículo de su puesta en escena, y por un clímax final descontrolado y enloquecido de esos que te hacen recordar por qué ver películas de mierda es una actividad que merece tanto la pena.

Alicientes:
-Trozos de mierda (sí, trozos, nada de manchas) incrustados en la lente de la cámara en numerosas escenas y que nadie se molestó en limpiar. A veces parecen berrugas o costras en la cara de los actores.
-Música de Ennio Morricone. A saber cómo le engañaron.
-Castillos de Cuenca y la plaza de Chinchón como entornos perfectos para el desarrollo de emocionantes aventuras.
-Un villano que tiene su guarida en un "monte desconocido". Por lo visto, en los 80 aún quedaban montañas en España por cartografiar.
-Objetos irrelevantes mostrados en primerísimo plano, con el propósito de aprovechar al máximo la tecnología 3D con que fue rodado el filme. Así encontramos arneses en 3D, sartenes en 3D, velas en 3D, abrecartas en 3D y ya en un nuevo nivel de vergüenza ajena, panderetas en 3D.
-Planos repetidos innecesariamente hasta tres o cuatro veces para enfatizar los momentos de acción.
-Cables perfectamente visibles moviendo objetos que supuestamente levitan.
-Efectos de sonido en los momentos de destrucción que parecen hechos con alaridos de monos, gemidos de focas, una cafetera a punto o la alarma de un coche.
-Paco Rabal interpretando a un payaso con boina bastante inútil.
-Ana Obregón luciendo palmito..
-20 primeros minutos en los que no hay ni un solo diálogo. Puro cine de auteur.
-Un texto al más puro estilo Starwars al comienzo del filme.
-Peligrosos objetos que caen torcidos y jamás darían al protagonista, pero aún así el héroe se empeña en esquivarlos.
-Una cama elástica estratégicamente escondida.
-Una chaqueta a lo trhiller que sería el equivalente inconográfico a la chupa o el sombrero de Indiana Jones.
-Pelo que explota cuando se le prende fuego. Debe ser la laca.

Algunos momentos para el recuerdo:
-El plano final, donde tiene lugar el inexplicable nacimiento en un pantano de un monstruo con pinta de mojón gigante, en lo que parece una escena eliminada de un filme absolutamente distinto. Esto sí que es terminar una película en condiciones y quedarse tan pancho.
-La exasperante secuencia de los arneses, en la que los personajes permanecen colgados de un techo sin que ocurra nada de interés. 
-Tony Anthony agitando alocadamente las manos poseído por San Vito.
-El plagio a la inolvidable escena de la bola gigante de Indiana Jones, sólo que esta vez la bola le llega al prota por las rodillas, aunque lo compensa el hecho de que tenga fuego.

Nivel de descojonación (de 1 a 5): * * * *