martes, 17 de junio de 2014
"Incendies", vida y dolor
Se entiende que Incendies haya sido decisiva en el salto a Hollywood del canadiense Denis Villeneuve, que se ha cubierto de gloria recientemente con Enemy y Prisioneros (incluida en mi top de lo mejor de 2013). Su progresión en Estados Unidos, a la vista de nuevos proyectos con Benicio del Toro y Amy Adams, parece imparable. Incendies, nominada al Oscar en 2010 a mejor filme extranjero (que perdió con la danesa, e inferior, En un mundo mejor, de Susanne Bier) posee suficiente impacto estilístico y emocional como para dejar huella. Sin embargo, yendo más allá de su dramática superficie y desolador poso, se pueden señalar algunas objeciones que lastran, en parte, su conjunto.
Incendies se intuye inicialmente como la crónica de dos vidas (las de dos hermanos gemelos) desapegadas y faltas de una presencia paterna activa. Pero pronto nos conduce por los vericuetos de la odisea de una madre semidesconocida para ambos y al viaje iniciático de estos, encajando las piezas de un pasado cada vez más sobrecogedor. Villeneuve acierta en la estructura narrativa, que en todo momento mantiene el interés con sus saltos temporales pese a rebasar las dos horas. La puesta en escena de un Líbano pasado y presente, pero bajo las mismas premisas y estigmas, resulta más que creíble, y deja momentos muy poderosos como la secuencia del asalto al autobús, ilustrada en el póster promocional de la cinta.
La investigación de los hermanos despertará revelaciones insoportables, pero a la vez liberadoras. La película funciona como un ajuste de cuentas, una mirada a las raíces individuales asociadas al trauma en un mundo fanatizado. Quizá el planteamiento más interesante que maneja el guionista y director Villeneuve es cómo la fuerza se impone a la ideología, incluso en los entornos más ofuscados, y la oscura naturaleza del ser humano llega al punto de revertir el orden natural de las cosas, superando la lógica y causando daños irreparables. Pero al mismo tiempo, y esto es lo fascinante, sin dejar de crear vida. Una dicotomía que habla de la mismísima contradicción de la persona: círculos viciosos, odio y amor, claroscuros y posibilidades de redención.
En el debe de Incendies se puede achacar que el excesivo dramatismo quede poco aligerado con mayores matices y atención a los personajes, lo que le habría hecho ganar en profundidad (sobre todo en el retrato de los hijos); la arbitrariedad de su juego de casualidades (coronadas con el encuentro en la piscina, totalmente forzado y criticable, ya que su importancia es decisiva al servir de desencadenante de toda la trama) y un regusto final mucho más plano y evidente del que parece pretender. El filme apuesta, decididamente, por lo humano antes que por el retrato pormenorizado de un Oriente Próximo convulso, y en ese sentido podría haber dado mucho más de sí.
A destacar el gusto de Villeneuve por incluir temas de Radiohead en sus trabajos, como ya hacía en el epílogo de Prisioneros. En Incendies, la aportación de la banda británica cobra toda su fuerza en el arranque gracias a la poderosísima You and whose army (del álbum Amnesiac), acompañada de la mirada a cámara de un crío desamparado, y que volverá a sonar con la llegada de la hija a la casa donde este chico vio la luz a un mundo conflictivo e irremediable.
jueves, 27 de febrero de 2014
¿Una noche cantada?
La carrera de premios de cine que hemos vivido en los últimos meses ha sido larga y, en apariencia, bastante reñida. No obstante, 12 años de esclavitud ha acabado casi siempre imponiéndose en la categoría de mejor filme cuando, durante el transcurso de cada ceremonia de entrega, parecía que algún otro título la desbancaría. Siempre con la sensación de encontrarse contra las cuerdas, el filme de Steve McQueen ha sabido imponer finalmente sus dosis de cine académico y factura impecable, con reconstrucción histórica, realismo y cariz biográfico que tan bien viste en cualquier palmarés. Y, sobre todo, convirtiéndose en el crudo y crítico exponente de un tema tan deleznable y nunca antes premiado en masa como es el de la esclavitud en Norteamérica.
No parece que la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood vaya a ser menos. Con el deseo de que los Oscar impongan su voz propia, dejen de seguir la corriente a otros gremios con una inercia que vienen acusando desde hace tiempo (las mismas candidaturas ya lo ejemplifican), y con ganas de vivir alguna sorpresa llamativa durante la madrugada del lunes, afrontamos el análisis de las categorías principales de este 2014 (que juzga el cine estrenado en 2013) a escasos días de la madre de todas las galas.
Disociación director-película
El año pasado presenciamos un nuevo caso de división entre el mejor filme y el mejor director, dado que el autor del título más reconocido de 2012, Ben Affleck por su Argo, no fue ni siquiera incluido entre los finalistas en el apartado de realización. Este año, las circunstancias parecen conducirnos hacia un escenario similar (aunque, eso sí, tanto McQueen como Alfonso Cuarón, el favorito aquí, están nominados). ¿El primer Oscar para un director negro o para un latino? Los méritos técnicos de Gravity, todo un hito en el campo cinematográfico, y el impulso del DGA (premio del gremio de directores) ayudan a Cuarón a encaminarse hacia la victoria.
No obstante, el trabajo de McQueen, siendo diferente, es también muy meritorio en su parcela, gracias a su excelente dirección de actores y al tono otorgado a la narración, de ritmo pausado y reflexivo, que insufla a la historia del esclavo Solomon Northup vida y dolor por la carga de violencia explícita o sugerida que contiene. Diría que el calado emocional que logra el autor de Shame frente al de Hijos de los hombres es superior (apoyado por la dureza de los hechos que retrata), ya que Gravity suma mayores réditos por su deslumbrante puesta en escena que por el poso que deja la odisea de sus protagonistas (comparsas de una experiencia sensorial de desarrollo argumental limitado y previsible), pese a que Sandra Bullock logra empatizar con el espectador en contados momentos.
Cuestión de gustos y sensibilidades. Como espectador, siento un mayor apego por las inquietudes artísticas de Steve McQueen (un director agudo, preocupado por los temas más acuciantes de nuestro presente y nada complaciente) que por la aventura galáctica de Alfonso Cuarón. Y creo que la Academia también es más proclive a premiar ese cine antes que una cinta catalogada a simple vista como de ciencia ficción (cuando propone un drama espacial, en realidad), un género que ha sido siempre dejado de lado por sus votantes.
Nombrando a 12 años de esclavitud como mejor película y a Cuarón como realizador más destacado quedaría flotando en el aire una sensación de empate técnico que contentaría a la mayoría (esta ajustada pugna viene arrastrada desde que el PGA, gremio de los productores, distinguió a los dos títulos exaqueo). Habrá suspense hasta el final, en mi opinión más en el apartado de dirección que en el de película. Martin Scorsese, Alexander Payne y David O. Russell parecen destinados a ser testigos de primera fila de un duelo que servirá, además, para saldar cuentas históricas (morales para algunos) en los Oscar.
Los actores
Desde que se anunciaron las nominaciones el 16 de enero, tuve la impresión de que la categoría de interpretación que estaría más reñida hasta el día de la entrega sería la de mejor actor. A día de hoy, lo sigo pensando. Quizá un poco contra la lógica que concluye que el máximo favorito a la estatuilla, por su condición de ganador previo, es Matthew McConaughey (pues se ha llevado Globo de Oro, Critics Choice y SAG y vive un momento único en su trayectoria). Esto coloca al actor texano en una posición muy ventajosa y con el Oscar tan de cara como Cate Blanchett y Jared Leto, absolutos dominadores y con el 99% de opciones para triunfar en las categorías de mejor actriz principal y mejor actor secundario, respectivamente.
Sin embargo, algo me dice que el favoritismo de McConaughey no es tan irreprochable como el de sus dos colegas. La tendencia de los últimos días sugiere que Leonardo DiCaprio ha recortado terreno (él también venció en los Globos de Oro, pero en el apartado de comedia/musical). Quizá éste sea por fin su año, de la mano de su director fetiche y en un papel que da mucho juego por sus aristas morales y carácter icónico (recordemos el triunfo de Michael Douglas por Wall Street en 1987). ¿Saldará la Academia de Hollywood su deuda con él para regocijo de sus numerosos fans españoles, algo cansinos, que le enarbolan como si fuera el único buen actor sobre la Tierra?
Quiero sumar otro nombre a la batalla final: Chiwetel Ejiofor. El protagonista de 12 años de esclavitud sólo ha sido reconocido con el Bafta cuando, desde mi punto de vista, su trabajo cuenta con las dosis suficientes de magnetismo y entrega para haberse hecho merecedor de más distinciones. La Academia británica señaló recientemente su interpretación como la mejor de 2013, y esto puede suponer un impulso de última hora para Ejiofor (aunque es cierto que la influencia de estos galardones en los Oscar no es excesiva). El hecho de que su película sea la previsible ganadora del máximo galardón puede ayudarle también, pues si Michael Fassbender y Lupita Nyong'o ceden en sus categorías, el Oscar al mejor actor sería un perfecto añadido al palmarés de la cinta del año (hemos visto ejemplos anteriores como Gladiator en 2000), que además cuenta con un trabajo irreprochable de todo el casting.
De estas sensaciones derivan las que mantengo en la pelea por el Oscar a mejor actriz de reparto, donde en mi opinión el triunfo de Lupita está en el alero (pese a ser la clara frontrunner). Jennifer Lawrence es, de los cuatro actores nominados por La gran estafa americana, la que tiene el galardón más de cara. Cuenta con la ayuda del Globo de Oro y el Bafta recibidos, y parece un premio destinado a salvar los muebles del filme de David O. Russell (cosa que, por otro lado, la actriz ya hizo el año pasado con El lado bueno de las cosas), pues corre un serio riesgo de irse de vacío. The fighter (2010) también reportó el Oscar a dos actores de O. Russell (Christian Bale y Melissa Leo como secundarios). Parece que la dirección de actores es el punto fuerte que la Academia sabe reconocer en la obra de este niño mimado (tres nominaciones en su categoría por tres trabajos consecutivos lo avalan).
¿Se volverá a dar el caso? Las quinielas se hicieron también para arriesgar y romper pronósticos, y este año éstas son mis aportaciones.
Volviendo al futuro mejor actor, si por premios de la crítica fuese habría que colocar a Bruce Dern como principal aspirante (con el amparo de la National Board of Review y la Asociación de Críticos de Los Ángeles). Y quizá tenga alguna opción lejana. Allá por octubre pensaba que éste podía ser el año elegido para reconocer a un veterano (remitiendo a la victoria de Jeff Bridges en 2009). Lo cierto es que la categoría, con los cinco nominados ahora conocidos, es muy poderosa (como viene siendo los últimos años) y sólo la inclusión de Robert Redford en sustitución de Christian Bale hubiera completado un quinteto de intérpretes con algún premio acumulado con anterioridad (el protagonista de Cuando todo está perdido fue distinguido en Nueva York), lo que habría dado pie a una terna de elegidos realmente espectacular.
El resto a concurso
El otro premio que La gran estafa americana se juega de tú a tú con su competidor es el de guión original. En esta categoría, Her parte con ventaja por el respaldo previo, y también suena como el galardón compensatorio para una película que cuenta con seis nominaciones y ha gustado mucho a la crítica (no hay que olvidar que fue declarada la mejor película de 2013 por la National Board of Review y Los Ángeles, en este caso, exaequo con Gravity), dos importantes grupos de especialistas. Además, el libreto escrito por el también realizador de la cinta, Spike Jonze, aporta la suficiente cuota de originalidad, ocurrencia y diferenciación con los otros nominados como para valer un premio por sí solo.
Haciendo balance final, la cosecha de estatuillas para 12 años de esclavitud (que es finalista en nueve apartados) oscila entre cuatro o cinco (película, guión adaptado, vestuario, algún premio de interpretación y el más complicado de dirección), mientras que Gravity parece que se alzará como la cinta más premiada de la noche gracias a las categorías técnicas (a su alcance los Oscar al mejor montaje, fotografía, sonido, montaje de sonido y efectos especiales) que, si sumamos al de Cuarón, podrían dejar al filme como la Salvar al soldado Ryan de esta campaña.
En la categoría de mejor película de animación, las espadas las empuñan Frozen: El reino de hielo (con la que Disney renace de su letargo artístico) y Se levanta el viento (The wind rises), el testamento fílmico del japonés Hayao Miyazaki, que supuestamente cuelga los guantes y puede repetir triunfo tras El viaje de Chihiro en 2002. Por su parte, la categoría de mejor filme extranjero se debate entre el cine de autor que cosecha alabanzas y galardones de la italiana La gran belleza (Globo de Oro y cuatro premios de la Academia de Cine Europeo) frente a propuestas más viscerales como las planteadas por la danesa La caza (que atesora el premio de interpretación del Festival de Cannes para Mads Mikkelsen) y la belga Alabama Monroe.
No va más. Ha sido un año de proyectos interesantes y, en su mayoría, por encima de la media de lo que suelen reunir los Oscar últimamente (lo mismo que en 2012). Ojalá que, con independencia del veredicto de los votos, disfrutemos de una gala que se adivina muy cinéfila y nostálgica. El dictado de las papeletas se lo dejamos al Dios del cine (al que mentó Ang Lee el año pasado al recoger su galardón). Nuestro poder e influencia en el resultado final no sobrepasa el de unas líneas pululando en el inmenso espacio cibernético.
miércoles, 15 de enero de 2014
Resaca de Globos, campanas de Oscar
El actor Chris
Hemsworth será la estrella invitada en la lectura de las nominaciones de los
Oscar 2013, para la que sólo restan unas horas. Este año las categorías a
concurso parecen bastante definidas. Los que siguen la carrera de premios
podrían recitar los previsibles nominados de carrerilla, aunque siempre suele
darse alguna sorpresa de última hora en uno o dos puestos de los apartados más
importantes (véase director y actores principales y secundarios, película queda
más en el aire ya que los candidatos oscilan entre seis y diez, dependiendo de
los porcentajes de votación).
Quizá, la
Academia de Hollywood no nos deje flipados al nivel del año pasado (cuando el
favorito al Oscar al mejor realizador, Ben Affleck por Argo, y una más que
presumible nominada Kathryn Bigelow quedaron fuera de su terna), pero los
aficionados al cine no dejarán de vivir con expectación el anuncio de los
finalistas, los que se batirán el cobre el domingo 2 de marzo, deseando que los
premios más importantes del séptimo arte demuestren que siguen estando por
encima de cualquier imitador o conglomerado de críticos repartidores de
galardones con ínfulas adivinatorias.
Los nombres que
más suenan para colarse entre los nominados a última hora son los de Martin
Scorsese y su actor fetiche de los últimos años, Leonardo DiCaprio. El lobo de
Wall Street, su quinta colaboración, ha entrado en la carrera a última hora
tras estrenarse tarde por culpa de problemas con el montaje final y reajustes
de metraje. El resultado son tres horas de película, la más larga en la
filmografía del director de Little Italy, habituado por otra parte a que sus
criaturas superen las dos horas de exhibición.
Pues bien,
Scorsese podría entrar en la categoría de mejor realizador del año (logrando su
octava nominación tras Toro salvaje, La última tentación de Cristo, Uno de los
nuestros, Gangs of New York, El aviador, Infiltrados y La invención de Hugo),
ya que ahora mismo sólo se pueden señalar con rotundidad dos nombres fijos, los autores de las dos películas que, probablemente, obtengan el
mayor número de distinciones: Steve McQueen (12 años de esclavitud) y Alfonso
Cuarón (Gravity). Junto a ellos, es probable que figuren Paul Greengrass por
Capitán Phillips y el “niño bonito” de la Academia David O. Russell por La gran
estafa americana (American Hustle). De este modo, el último hueco se lo juegan, junto a Scorsese, Alexander Payne (Nebraska), Spike Jonze (Her) o los
hermanos Joel y Ethan Coen (A propósito de Llewyn Davis).
Creo que Scorsese
encontrará finalmente su nominación. Ya figura como aspirante al premio del
gremio de directores (DGA) junto a los más que probables mañana McQueen,
Cuarón, Greengrass y O. Russell. Sin embargo, no hay que olvidar un detalle: el
año pasado sólo repitieron en los Oscar dos de los finalistas al DGA, quedando todos obnubilados ante las mencionadas ausencias de Affleck y Bigelow.
La carrera de
actor
DiCaprio lo
tiene, desde mi punto de vista, algo más complicado en la lucha por el premio
al mejor actor principal. El quinteto de futuros aspirantes parece muy
definido: Chiwetel Ejiofor, con un gran trabajo en la favorita del año, 12 años
de esclavitud; Matthew McConaughey, que completaría su gran e hiperactivo año
que ya le he reportado el Globo de Oro; Tom Hanks, que regresa tras trece años
lejos de los galardones con su protagonista en Capitán Phillips; y el peso de
dos nombres veteranos y de prestigio que en el pasado, sorprendentemente, sólo alcanzaron una
nominación: Bruce Dern (Nebraska) y Robert Redford (Cuando todo está perdido).
El impulso del
Globo de Oro como actor de comedia y el interés por satisfacer esa deuda tácita
que sigue teniendo la Academia con DiCaprio apartándole habitualmente de las
nominaciones (y, de momento, del Oscar) pueden aupar al actor al quinteto finalista sobre
la bocina. Sería la cuarta candidatura de su carrera, tras las de ¿A quién ama
Gilbert Grape?, El aviador y Diamante de sangre que, sinceramente, saben a muy
poco observando su filmografía.
Si DiCaprio se
cuela, el eslabón más débil parece Redford, que ha quedado fuera de los
finalistas del gremio de actores (SAG) y que parece desinflarse progresivamente
(a pesar de que se llevó el premio de la primera asociación norteamerica que
anunció sus ganadores, el Círculo de Críticos de Nueva York). Mi opinión es que
no, que DiCaprio no va a llegar a tiempo y va a repetir quedándose fuera.
Muchos serían capaces entonces de enviar su protesta vía postal a Los Ángeles para
manifestar su indignación ante la manía persecutoria que parece sufrir una estrella que gana adeptos a cada nuevo trabajo.
Globos y Goyas
Los Globos de
Oro, que pese a lo que se diga siguen teniendo una influencia tremenda en los
Oscar (el año pasado clavaron todos los ganadores, a excepción obviamente de
Ben Affleck que no fue nominado) han dejado las cosas en el
aire con sus designios y mantienen el duelo película-director entre 12 años de esclavitud y
Gravity al haber repartido los premios de mejor cinta dramática y mejor
director. Muchas categorías darán juego en las semanas finales antes del 2 de
marzo, y las iremos analizando a su debido momento.
Por último, un
apunte sobre las nominaciones de los Goya. No hubo grandes sorpresas en los
finalistas. Sí se agradece que hayan quedado más repartidas a diferencia de la
mayoría de años previos, donde los seleccionados en mejor película figuran como
aspirantes a casi todos los apartados. Este año, son cinco las posibles
triunfadoras: La gran familia española (11 nominaciones), Caníbal (8), 15 años
y un día (7), Vivir es fácil con los ojos cerrados (7) y La herida (6).
lunes, 30 de diciembre de 2013
Top Ten: Lo mejor de 2013
Después de un gran año de cine, incluso mejor que el pasado 2012, éste es mi top 10 particular de lo mejor entre las películas estrenadas en España a unas horas vista del final de 2013:
1. Amour, de Michael Haneke.
2. Searching for Sugar Man, de Malik Bendjelloul.
3. De tal padre, tal hijo, de Hirokazu Kore-eda.
4. 12 años de esclavitud, de Steve McQueen.
5. Prisioneros, de Denis Villeneuve.
6. La herida, de Fernando Franco.
7. Todas las mujeres, de Mariano Barroso.
8. Stockholm, de Rodrigo Sorogoyen.
9. Rush, de Ron Howard.
10. Blue Valentine, de Derek Cianfrance.
La lista incluye tres películas españolas arriesgadas en sus propuestas y muy logradas; la agradable sorpresa que deja el último trabajo de Ron Howard pese a su vocación puramente comercial; el poderío del cine documental actual representado con la película-fenómeno de la temporada en España, Searching for Sugar Man; la confirmación del talento humanista del japonés Kore-eda (del que ya hablamos en Fuera de Campo) y la, por fin, lograda empatía con una de las retorcidas criaturas del austriaco Michael Haneke, que tras Funny Games, Caché y La cinta blanca firma, en mi opinión, su obra cumbre.
Estos meses también dejan buenas películas que, aún reconociendo su calidad, supusieron pequeñas decepciones por todo lo que arrastraban. Las expectativas no se cumplieron al cien por cien con Gravity, de Alfonso Cuarón; Lincoln, de Steven Spielberg, o Mud, de Jeff Nichols.
Pese a que todos realizan apuntes interesantes, este redactor no comparte el fervor crítico ante filmes como La noche más oscura, de Kathryn Bigelow; The master, de Paul Thomas Anderson; Django desencadenado, de Quentin Tarantino; El lado bueno de las cosas, de David O. Russell; Antes del anochecer, de Richard Linklater; Capitán Phillips, de Paul Greengrass; Caníbal, de Manuel Martín Cuenca; Le-Weekend, de Roger Michell, o Blue Jasmine, de Woody Allen.
Y directamente me llevé las manos a la cabeza con estos bodrios que hicieron aflorar la vergüenza ajena: Mama, de Andrés Muschietti, penosa muestra del peor cine de terror que triunfó en taquilla; Combustión, cine comercial español de querer y no poder; El hombre de acero (Man of steel), patente muestra del desgaste del subgénero de superhéroes, y Dolor y dinero, trabajo ante el que algunos se atrevieron a señalar que Michael Bay también podía hacer cine serio y de calidad.
Una vez hecho balance, al que no he podido sumar aclamados títulos como la danesa La caza (de Thomas Vinterberg), la francesa La vida de Adèle (de Abdellatif Kechiche) o las italianas La mejor oferta (de Giuseppe Tornatore) y La gran belleza (de Paolo Sorrentino) por tenerlos aún pendientes, ésta es la crítica que rinde personal tributo a la cinta más lograda de 2013, que aunque fue producida previamente nos llegó en un año que ya expira:
AMOUR, el final del viaje
La crudeza de Michael Haneke, que obliga al espectador a implicarse en esta historia con su tempo pausado y sus planos fijos, está más justificada que nunca en un relato agradeciblemente insólito.
Qué difícil resulta amar el cine de Michael Haneke, ese autor austriaco especialista en conducir al espectador hasta la realidad más franca y realista, llena de recovecos inquietantes y desoladores. Pocos saben retratar, desde perspectivas y ámbitos tan diversos, el lado oscuro del ser humano, su mal presuntamente endémico, la culpa o la violencia que deriva de sus actos.
Haneke es único al poner de manifiesto los apetitos más bajos de la persona en su plasmación más cruda y directa. Sin embargo, en su último trabajo deja traslucir un resquicio para la esperanza.
El cine, como todo arte, sirve para aportar luz en medio de la oscuridad diaria. Las películas de puro entretenimiento nos llevan, muchas veces, a pasar por alto realidades que existen, pero que se antojan ajenas. Este creador, con un mundo propio necesario y bien ganado con los años, gusta de llamar nuestra atención hacia ese universo consciente o inconscientemente obviado.
Ninguna persona con sensibilidad podrá evitar sentir su ánimo trastocado y sus emociones a flor de piel después de asistir al visionado de Amour, su obra más reciente. El filme nos presenta al Michael Haneke más humano, el director y guionista de Funny games o La cinta blanca que, seguramente atendiendo a las inquietudes de la edad e introduciendo cariño y compasión de forma palpable por primera vez en su obra cinematográfica, apunta al consuelo al que agarrarse en mitad de la desolación, un asidero que ayude a sobrellevar el paso por la vida.
Las filigranas narrativas y los golpes de efecto desaparecen en Amour dando paso a un relato lineal a partir de un gran flashback que sigue a la irrupción violenta de un grupo de hombres en un lujoso piso parisino. De un modo intencionadamente abrupto nos colamos en un entorno aparentemente plácido, pero que ha sido alterado por el destino.

Mirar de frente
Una pareja de ancianos de clase alta, Georges y Anne, profesores de música, viven una reposada vida de jubilados. La enfermedad de Anne llega de pronto y trastoca su día a día. Los problemas van a más, hasta que el esposo asume que su mujer precisa una atención total.
El espectador asiste a los avatares de un matrimonio y, simultáneamente, a una tragedia individual. Por un lado, la de una mujer escéptica en su drama particular (magnífica Emmanuelle Riva en su personificación del dolor físico) y, por otro, un esposo cada vez más entregado (el excelente Jean-Louis Trintignant, que encarna el dolor emocional y se posiciona como motor de la narración, un actor al que Haneke llevaba tiempo queriendo utilizar como alma de uno de sus proyectos).
Lo mejor de este duro filme es que sabemos que todo lo que se nos cuenta es auténtico. No hay ambages ni moralina. Ocurre cada día, y nadie está libre de salvación. Ni siquiera un acaudalado matrimonio cuyo retiro debería ser el principio de un vida despreocupada. La crudeza de Haneke, que obliga al espectador a implicarse con su tempo pausado y sus planos fijos, está más justificada que nunca en este relato agradeciblemente insólito, el tortuoso viaje por la vejez y la enfermedad.
Con la certeza de lo real e inevitable, Haneke nos gana para la causa y logra que el espectador mantenga en todo momento su mirada posada en sus dos personajes principales, en un proceso que los lleva desde su sorpresa inicial, pasando por sueños siniestros, la melancolía, el desamparo derivado de la falta de implicación de los que les rodean y pequeños brotes de esperanza hasta la devastadora impotencia.
El director no renuncia además al simbolismo a través de las idas y venidas de una paloma, que marca el destino de los personajes, acertada alegoría de una tragedia compartida. Si bien poco dolor puede ser comparable al sufrido por la persona amada, es precisamente una trayectoria vivida y compartida la que nos da la fuerza para afrontar las más terribles pruebas.
La cinta remueve emocionalmente al espectador, consciente de haber asistido a una película que no lo es tanto. Sin embargo, Amour, con certeza una de las más admirables obras paridas por esta mente inquieta pero serena, abre en la filmografía de Haneke un pequeño hueco por el que respirar a través de unos personajes enternecedoramente humanos.
Todo ello a la espera de que el realizador se proponga propinar el siguiente mazazo.
1. Amour, de Michael Haneke.
2. Searching for Sugar Man, de Malik Bendjelloul.
3. De tal padre, tal hijo, de Hirokazu Kore-eda.
4. 12 años de esclavitud, de Steve McQueen.
5. Prisioneros, de Denis Villeneuve.
6. La herida, de Fernando Franco.
7. Todas las mujeres, de Mariano Barroso.
8. Stockholm, de Rodrigo Sorogoyen.
9. Rush, de Ron Howard.
10. Blue Valentine, de Derek Cianfrance.
La lista incluye tres películas españolas arriesgadas en sus propuestas y muy logradas; la agradable sorpresa que deja el último trabajo de Ron Howard pese a su vocación puramente comercial; el poderío del cine documental actual representado con la película-fenómeno de la temporada en España, Searching for Sugar Man; la confirmación del talento humanista del japonés Kore-eda (del que ya hablamos en Fuera de Campo) y la, por fin, lograda empatía con una de las retorcidas criaturas del austriaco Michael Haneke, que tras Funny Games, Caché y La cinta blanca firma, en mi opinión, su obra cumbre.
Estos meses también dejan buenas películas que, aún reconociendo su calidad, supusieron pequeñas decepciones por todo lo que arrastraban. Las expectativas no se cumplieron al cien por cien con Gravity, de Alfonso Cuarón; Lincoln, de Steven Spielberg, o Mud, de Jeff Nichols.
Pese a que todos realizan apuntes interesantes, este redactor no comparte el fervor crítico ante filmes como La noche más oscura, de Kathryn Bigelow; The master, de Paul Thomas Anderson; Django desencadenado, de Quentin Tarantino; El lado bueno de las cosas, de David O. Russell; Antes del anochecer, de Richard Linklater; Capitán Phillips, de Paul Greengrass; Caníbal, de Manuel Martín Cuenca; Le-Weekend, de Roger Michell, o Blue Jasmine, de Woody Allen.
Y directamente me llevé las manos a la cabeza con estos bodrios que hicieron aflorar la vergüenza ajena: Mama, de Andrés Muschietti, penosa muestra del peor cine de terror que triunfó en taquilla; Combustión, cine comercial español de querer y no poder; El hombre de acero (Man of steel), patente muestra del desgaste del subgénero de superhéroes, y Dolor y dinero, trabajo ante el que algunos se atrevieron a señalar que Michael Bay también podía hacer cine serio y de calidad.
Una vez hecho balance, al que no he podido sumar aclamados títulos como la danesa La caza (de Thomas Vinterberg), la francesa La vida de Adèle (de Abdellatif Kechiche) o las italianas La mejor oferta (de Giuseppe Tornatore) y La gran belleza (de Paolo Sorrentino) por tenerlos aún pendientes, ésta es la crítica que rinde personal tributo a la cinta más lograda de 2013, que aunque fue producida previamente nos llegó en un año que ya expira:
AMOUR, el final del viaje
La crudeza de Michael Haneke, que obliga al espectador a implicarse en esta historia con su tempo pausado y sus planos fijos, está más justificada que nunca en un relato agradeciblemente insólito.
Qué difícil resulta amar el cine de Michael Haneke, ese autor austriaco especialista en conducir al espectador hasta la realidad más franca y realista, llena de recovecos inquietantes y desoladores. Pocos saben retratar, desde perspectivas y ámbitos tan diversos, el lado oscuro del ser humano, su mal presuntamente endémico, la culpa o la violencia que deriva de sus actos.
Haneke es único al poner de manifiesto los apetitos más bajos de la persona en su plasmación más cruda y directa. Sin embargo, en su último trabajo deja traslucir un resquicio para la esperanza.
El cine, como todo arte, sirve para aportar luz en medio de la oscuridad diaria. Las películas de puro entretenimiento nos llevan, muchas veces, a pasar por alto realidades que existen, pero que se antojan ajenas. Este creador, con un mundo propio necesario y bien ganado con los años, gusta de llamar nuestra atención hacia ese universo consciente o inconscientemente obviado.
Ninguna persona con sensibilidad podrá evitar sentir su ánimo trastocado y sus emociones a flor de piel después de asistir al visionado de Amour, su obra más reciente. El filme nos presenta al Michael Haneke más humano, el director y guionista de Funny games o La cinta blanca que, seguramente atendiendo a las inquietudes de la edad e introduciendo cariño y compasión de forma palpable por primera vez en su obra cinematográfica, apunta al consuelo al que agarrarse en mitad de la desolación, un asidero que ayude a sobrellevar el paso por la vida.
Las filigranas narrativas y los golpes de efecto desaparecen en Amour dando paso a un relato lineal a partir de un gran flashback que sigue a la irrupción violenta de un grupo de hombres en un lujoso piso parisino. De un modo intencionadamente abrupto nos colamos en un entorno aparentemente plácido, pero que ha sido alterado por el destino.

Mirar de frente
Una pareja de ancianos de clase alta, Georges y Anne, profesores de música, viven una reposada vida de jubilados. La enfermedad de Anne llega de pronto y trastoca su día a día. Los problemas van a más, hasta que el esposo asume que su mujer precisa una atención total.
El espectador asiste a los avatares de un matrimonio y, simultáneamente, a una tragedia individual. Por un lado, la de una mujer escéptica en su drama particular (magnífica Emmanuelle Riva en su personificación del dolor físico) y, por otro, un esposo cada vez más entregado (el excelente Jean-Louis Trintignant, que encarna el dolor emocional y se posiciona como motor de la narración, un actor al que Haneke llevaba tiempo queriendo utilizar como alma de uno de sus proyectos).
Lo mejor de este duro filme es que sabemos que todo lo que se nos cuenta es auténtico. No hay ambages ni moralina. Ocurre cada día, y nadie está libre de salvación. Ni siquiera un acaudalado matrimonio cuyo retiro debería ser el principio de un vida despreocupada. La crudeza de Haneke, que obliga al espectador a implicarse con su tempo pausado y sus planos fijos, está más justificada que nunca en este relato agradeciblemente insólito, el tortuoso viaje por la vejez y la enfermedad.
Con la certeza de lo real e inevitable, Haneke nos gana para la causa y logra que el espectador mantenga en todo momento su mirada posada en sus dos personajes principales, en un proceso que los lleva desde su sorpresa inicial, pasando por sueños siniestros, la melancolía, el desamparo derivado de la falta de implicación de los que les rodean y pequeños brotes de esperanza hasta la devastadora impotencia.
El director no renuncia además al simbolismo a través de las idas y venidas de una paloma, que marca el destino de los personajes, acertada alegoría de una tragedia compartida. Si bien poco dolor puede ser comparable al sufrido por la persona amada, es precisamente una trayectoria vivida y compartida la que nos da la fuerza para afrontar las más terribles pruebas.
La cinta remueve emocionalmente al espectador, consciente de haber asistido a una película que no lo es tanto. Sin embargo, Amour, con certeza una de las más admirables obras paridas por esta mente inquieta pero serena, abre en la filmografía de Haneke un pequeño hueco por el que respirar a través de unos personajes enternecedoramente humanos.
Todo ello a la espera de que el realizador se proponga propinar el siguiente mazazo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



